Nací en 1984 en una ciudad algo pequeña y aislada, lo que
por definición me convierte en
Millennial con tendencia a Neanderthal. Como a todos los de mi generación
que tuvimos la suerte de poder acceder a una educación superior, los 18 años me
encontraron en una ciudad bastante más grande. Allí descubrí otro mundo, que
marcó un antes y un después tecnológico en mi vida.
A mis 20 años, en mi ciudad natal hacía solo 3 años que se
había instalado el primer y único “cyber-café”, y como consecuencia de eso, yo
ya tenía correo electrónico, una magia que me había permitido comunicarme con
mi hermana mayor cuando se fue a estudiar (en esa época murieron para mí las
cartas postales). También hacía poco que en la casa de mis padres había un
teléfono fijo. Gracias a las propagandas de “la llama que llama” se habían convencido
de contratar el plan “Argentina 10” y ya había una PC de escritorio sin internet.
Claramente, el hecho de tener que desterrarse para estudiar una carrera, condicionó
las dinámicas familiares, creando una necesidad de acceso a la tecnología de
las comunicaciones. Cuando volvíamos, en el verano, usábamos los CD-ROM de
Santillana. Cuando estábamos
aburridos jugábamos al Carmen Sandiego en DOS y de paso repasaba capitales del
mundo. Incluso, todavía funcionaba el Family Game con
los cassettes destruidos, con los juegos de Fórmula 1, Robocop y el jamás olvidado
Contra (sin subestimar al Príncipe de Persia). El Nintendo había sido un lujo
de unos pocos.
A los 20 años compartía un celular con mi hermana; un Unifón
con antena, no el ladrillo, sino el modelo más moderno que ya tenía la opción
de mandar SMS. De eso me enteré mucho
después, porque no se usaba. Su principal función era de timbre, porque
vivíamos en un noveno piso y sin portero eléctrico. Mi primer celular (para mí
sola) fue un C115 a los 24 años, y mucho
después vino intenet y un PC vieja. El pasaje de diskette a pen drive y poder
escuchar mucha música variada. El Groove Shark y la grabadora de CDs, la “chancha”
que leía MP3 y el Power Point (el gradual adiós a las filminas y al retroproyector).
Y desde ahí en adelante todo cambió a
altas velocidades.
Si bien por razones económicas típicas de estudiante, el acceso a esa tecnología llegaba siempre bastante
tarde, la disfruté mucho. Fue
revolucionario. Más hacia la actualidad, buscar y encontrar gente que
jamás pensaste que volverías a contactar, o chatear por Messenger viéndote a
través de una camarita en tiempo real, fue increíble. Y años después ubicarla
por Facebook!! Todavía me sorprendo. Y si bien a veces me siento hipercomunicada, agobiada y
esclavizada por la computadora o el celular (con tooodas sus funciones y usos
ilimitados), no dejo de considerar que el haber vivido en persona todas estas
fases, me brinda un panorama amplio que me facilita utilizar la tecnología
poniéndola en su lugar: no sobreestimarla ni subestimarla, solo considerarla
como lo que es: una herramienta poderosa.

Una genialidad. Me encantó!!!
ResponderEliminarQue lindo! cuantos recuerdos!!
ResponderEliminarGenial!!! Los Supersónicos y Los Picapiedras!!! Qué lindos recuerdos!!!
ResponderEliminarHola, Natalia. Muy completa tu reseña sobre el uso de las diferentes tecnologías.
ResponderEliminarCoincido con tu criterios sobre el lugar que debe ocupar la tecnología en nuestras vidas.